“No creo en la obra taumatúrgica de los Incas. Juzgo no menos evidente que su obra consistió en construir el Imperio con los materiales humanos y los elementos morales allegados por los siglos. El ayllu-la comunidad- fue la célula del Imperio: pero no crearon la célula”
José Carlos Mariátegui
Tras épocas de configurada nacionalidad – la época egipcia, china, india, griega y romana - en las que, precisa decirlo, se oyeron altas y fuertes voces de valor ecuménico: Confucio, Buda, Plotino, Marco Aurelio…… en el pueblo consubstancialmente universalista, Israel, el Cristo dijo a los hombres un mensaje de humanidad integral, con su tan profundo contenido vital –rebeldía, dolor inquietud, paz-, que su penetración a través de hombres y pueblos hubo de ser lenta y distinta.
Exaltación de proselitismo, hasta la guerra y el martirio, en las primeras épocas, como tenía que ser. Luego, varios siglos de recogimiento, para dar a esa agua clara del pensar del Cristo una abstrusa vertebración de filosofías sistematizadas que piden prestada su contextura lógica a Aristóteles –casi siempre a Aristóteles- y a otros filósofos del paganismo; y entre dogmas y apotegmas de exégesis reservada, ahogan asfixian, alejan de los hombres la diáfana palabra inquieta y rebelde de Jesús.
Edad Media: la verdad de San Pablo que interpretan sólo los padres de la Iglesia; los concilios, dialéctica formidable que culmina en Tomás de Aquino. Esoterismo: Raimundo Lulio, Jacobo Óveme. Poesía: Francisco de Asís, Dante Alieghieri. Es el choque tremendo de la nueva moral, del nuevo gran esfuerzo para resolver –en la física y en la metafísica- los problemas esenciales del hombre, con las filosofías ya establecidas al margen, sobre o bajo las religiones particularistas, totémicas. Al margen, sobre o bajo las religiones panteístas.
La humanidad, acaso para resolver sus direcciones dentro de la nueva conducta señalada por el gran semita, se recogió en sí misma y, sin abandonar sus hábitos de guerra, meditó. Éste meditar de la humanidad occidental frente al Cristo, se llamó la Edad Media. De esa meditación se aprovechó “Occidente” para saltear al Cristo en su camino luminoso y robarle su doctrina, para hacerla servir a sus propios interese: la explotación del hombre por el hombre.
Cometido el crimen de robar y secuestrar al Cristo en las sombras medioevales; en los sórdidos laboratorios de la alquimia político-social, se dio vida a ese engendro monstruoso: el feudalismo. Y en nombre de quien hasta entonces más había predicado la igualdad y la justicia, se organizó uno de los ciclos históricos de más honda e inhumana injusticia social.
Comenzó el despertar. La humanidad, tras meditar quince siglos oscuros sobre el “mi reino no es de este mundo”… resolvió que podía ser cristiana aun a pesar y en contra de Jesús; y resolvió también que “mi reino sí es de este mundo”.
La humanidad cristiana, armada de picas, espadas, arcabuces y otros instrumentos a los que comenzó a llamárseles civilización, salió a buscar y conquistar su reino. ¡Ah! Además, llevaba también una cruz. Colón, Magallanes, Vasco DA Gama, Balboa, Cortés, Pizarro, Valdivia. Iberos: españoles, portugueses. Arios branquicéfalos, con fuerte mestizaje semita. ….
El mundo, ese mundo nuevo que contradiga las afirmaciones del Génesis y los Ptolomeos, y saque triunfante a Platón y al “Libro de las Maravillas del Mundo” fue encontrado. ¿Antilla? ¿El Dorado? ¿El Reino del Gran Khan? ¿La Atlántida? ¿Las Indias de Occidente? ¿Cypango? Poco importa. Allí está caliente de sol y de palmeras. Rico de perlas, de aves y de oro. Lleno de misterios como en los viajes de Simbad el Marino, y de leyendas áureas como en los viajes de Jasón.
Hombres de apostolado y garra, con avidez incolmada de todos los aires y de todas las aventuras, recios de músculo y millonarios de imaginación, los iberos, antes que otros hombres de occidente, se lanzaron a ocupar y ganar para sí las tierras nuevas.
Los campos de producción en Galicia, Extremadura, Cataluña, los viñedos de Andalucía y Oporto; los naranjos de Valencia y de Cintra; los duros campos de pastar en las Castillas; todo esto estaba -¿ha dejado de estarlo?- en poder de señores feudales, de caciques lugareños. No había tierra en la península. Y no había ya campo para la aventura. Quien quisiera intentarla, tenía que ver gigantes en los molinos de viento y ejércitos en los rebaños.
Fue atendida la llamada del mar por los hombres de Iberia. Unos veían oro y piedras; otros, gentiles a quienes convertir al Cristo; aventura y poderío no pocos. Tierras y pan los más. Pero en las tierras “nuevas” estaba ya instalado el hombre. El hombre de todos los tiempos: una ordenación social, una conducta humana, una cultura.
De la Isla Española –vértice de aventuras- los hispanos royaron en todas direcciones. El extremeño, de Medellín, Hernán Cortés, fue atraído hacia el cercano golfo y penetró en la tierra milagrosa de los Mayas y los Zapotecas, de los aAztecas y Tarascos, de los Traxcaltecas y los Totonacas. Llegó al valle sin igual de Anáhuac y, frente a una civilización eterna llegó a México – la Nueva España- el cristianismo esencial de los enseñadores y de los apóstoles: don Vasco de Quiroga, Motolinía, Pedro de Gante, Bartolomé de las Casas…
Hacia el sur, hacia la Tierra Firme, Vasco Núñez de Balboa, el Adelantado, el hombre que vio el primero el Mar Pacífico. Más allá, con la vista lejana, con un puñado de hombres, otro extremeño, de Trujillo: Francisco Pizarro.
Francisco Pizarro, tras su epopeya enorme…. llegó a las puertas de un país de leyenda fabulosa. Le decían los españoles, por confusión con uno de los primeros ríos que encontraron, Birú; y más tarde, Perú. Era en realidad el Tahuantin-suyu, “Las Cuatros Partes del Mundo”….
Era el Tahuantin-suyo incásico una vasta y elásticamente estructurada organización comunal, de sentido e inspiración totemista y teocrático; pero al contrario de lo que por muchos se ha afirmado –en afán literario superficial-, no existía un centralismo riguroso... El incario fue un organismo de congregación gentilicia, de filiación uterina; en el cual –muy avanzado ya su ciclo- se desarrolló un empeño imperialista, en el sentido expansivo de territorios e influencias, favorecido por las pequeñas rivalidades clánicas; imperialismo que no tuvo que recurrir a la guerra de conquista para extender las lindes de su dominación.
La aparición de los incas en el Tahuantin-suyu – sea cualquiera la leyenda que adoptemos para explicarla - no significó una sustitución, ni siquiera una superposición dominadora de razas. Ni de conceptos esenciales de vida, de economía o de política. Ni siquiera de idiomas. Fue principalmente una invasión civilizadora; el flujo de unas tribus en clímax o en camino de alcanzarlo, sobre otras en estado de decadencia o de iniciación ascensional.
Antes de los incas existan culturas humanas en las distintas zonas posteriormente dominadas por ellos, desde el Callao hasta Quitu. Ya se aclarará acaso el enigma prehistórico de Tiahuanacu. Y el de Quitumbre, con sus Caras o Carios.
El ayllu – pasando por sus etapas necesarias de hetairismo, fratrismo y gentilismo - es la unidad social indígena anterior al incario, y que le ha sobrevivido. Los incas aceptaron la forma de congregación humana que encontraron a lo largo de los cimeros valles Cuntis o Antis y de las planicies yungas; y realizaron su gran obra superestructural aprovechando ese pétreo basamento. Respetándolo siempre. Anexando –en el sentido del rigor- unos ayllus con otros. Tejiendo por sobre ellos un sentido de unitarismo, una vinculación de cultura, una ética común…
Los incas no sólo aceptaron la forma de congregación indígena celular que es el ayllu, sino que la aprovecharon racionalizándola. Entendieron los contactos acercadores –clima, productos, dialecto, tótems- que habían llevado del ayllu primario al hatum y a la marca, que son agregaciones ayllales secundarios. Los operativos económicos, climatéricos, totémicos, que habían ordenado la formación de la llacta, congregación urbana, ciudad. Y con esas directivas orientadoras, aspiraron a la comunidad superior, que no era para ellos solamente de dirección estatal, sino la ordenación totalizada del mundo. No hay que olvidarlo: Tahumantun-suyu significa “las cuatro partes del mundo”.
Los incas por lo mismo –y ese es el sentido de la mitología de Manco-Cápac y de Mamma OCllo Huanco, los epónimos del incario- asumieron una característica teócrática: eran hijos del Sol, enviados a la tierra para estar más cerca de los hombres. No venían a gobernar un Estado, como lo entienden los occidentales. Venían a dirigir el mundo. Eran universalistas, totalizadores del hombre, como en la historia lo ha sido los judíos y los españoles.
La heliolatría no destruyó a los tótems particularistas, a los goaquis o huacos. Ni en lo político, los incas destruyeron a los jefes de células o de núcleos indígenas: los ayllucamayoc, los llacta-camayoc, los hunu.curacac. Los incas realizaron, con sentido universalista o de gran vastedad panorámica por lo menos, la vinculación de las unidades sociales pre-incaicas, en tres direcciones principales: la económica, la religiosa y –consecuencia necesaria- la imperialista o totalizadora de influencias.
…. Los incas, además, no inventaron el comunismo agrario porque, respetadores constantes de la estructura interior del ayllu –con un sentido económico admirable y una gran capacidad técnica-, dejaron los cuidados de la producción dirigirse por determinantes geofísicas –topografía, clima, calidad de tierras, etc.-, capaces de ordenar eficazmente el cultivo de la tierra, la pequeña industria.
En el ayllu preincario, que con variaciones casi nunca fundamentales, es el mismo ayllu incaico, la producción agrícola modificó su fisonomía esencial de acuerdo con factores de técnica económica. No fue integralmente comunista ni menos se aferró al individualismo aislador y parcelario que, con el derecho romano, nos trajo después el occidente liberal.
…..La marca-pacha, tierra de la marca o federación de ayllus, era la zona o región agrícola que pertenecía exclusivamente a los componentes de la marca. Si en ella existía una llacta –cosa que ocurrió siempre en el período incario- se hacían de la marca-pacha dos secciones: la llacta-pacha –tierra de poblado- comprendía una zona, generalmente elegida en las faldas de una colina, con vistas sobre una vallada, que se dedicaba íntegramente a la edificación del pueblo y de sus dependencias incluyendo allí campos cercanos de pastoreo de llamas, terreno para fiestas y juegos, para que las mujeres tiendan sus ropas o secarse al sol. La otra sección, más grande, era la de las chacras o runa-pachas, sección destinada al parcelamiento individual, que se hacía entre los aucapuricuna –los aptos para llevar armas - hasta que llegaban a la edad hábil y, a su vez, formaban su familia. En las redistribuciones parcelarias anuales –que dirigían el Tucuricuc o delegado imperial- se encontraba nuevos acomodos para los recientes jefes de la familia, dentro de la marca-pacha.
La extensión de esta parcela familiar y a veces individual, no se la ha podido conocer ni fijar exactamente. Puede afirmarse que respondía a la calidad de los terrenos, las posibilidades de regadío, las vías de comunicación, la diferencia de producción agrícola.
La obra del cultivo era cooperativa. Todos –según el grado de vecindad de sus hasi-pungos o chacras- ayudaban a todos en la siembre, la deshierba, la cosecha. El producto, en cambio, era individual y pertenecía al usufructuario de la chacra o familia.
Cuando la naturaleza del terreno o la clase del cultivo lo imponía, la producción agraria era estricta y netamente comunal. Así ocurría con los pastos, los bosques y con ciertos cultivos que requieren zonas extensas, para que su rendimiento pudiera ser racionalizado. También era comunal el trabajo en las regiones yungas o del litoral cálido, donde la sequía y esterilidad de la tierra exigían obras de irrigación en las que participaban todos. Se hacía trabajo común –prestación impuesta por el derecho consuetudinario- en las tierras atribuidas a los jefes, en las de los ancianos e inválidos, en las destinadas al culto del goaqui o tótem comunal. Más tarde –en el incario- se trabajaba colectivamente la tierras del culto religioso o Pachacámac, a Viracovha, al Sol y las del Inca.
La dirección de los cultivos correspondía al Jefe de la Comunidad. Cuando se acercaban las épocas correspondientes –según la zona- el curaca o jefe convocaba a los hatum-runa-cuna de mayor edad y experiencia agrícola y previa la consulta astronómica y totémica hecha al Amauta –hombre sabio en ciencias del hombre y la naturaleza-, decidía la época precisa en que debían comenzar los trabajos. Nadie se apartaba de esas decisiones.
El aprovechamiento de la llama –el animal tutelar y útil, el camello de la indigenidad- se la hacía en dos formas: individual, en número pequeño, para los menesteres inmediatos de la casa; comunal, en los grandes rebaños productores de lana, que después se distribuían entre los tejedores.
La vigilancia y tala de bosques para madera y leña, era comunal integralmente, en el trabajo y el consumo. La caza tuvo muy poca importancia en el Tahuantin-suyu, tierra de hombres sobrios, que se alimentaban principalmente de vegetales.
…. El incario, como lo hemos dicho, respetó –y aun fortaleció en ciertos casos- la economía celular del ayllu y nuclear de la marca o congregación de ayllus; economía de esencia comunal agraria, consubstantiva de los grupos originarios del Tahuantin-suyu. Pero con un sentido superior de estructuración en grande, realizó un proceso incorporativo político-social de una intensidad y una vastedad desconcertantes.
La esencia teocrática del incario –cuyo poder congregador es indudable- era una sugestión benéfica visible, real, cotidiana: el sol que ilumina, señala caminos, verdea el campo; el sol que se oculta en las noches para hacer dormir –descansar- a la naturaleza y al hombre y luego lentamente asoma en la mañana para despertarlos; el sol, significación máxima de las fuerzas visibles, los dirige, anima, ordena. El sol, significación máxima de las fuerzas visibles, era la divinidad del incario.
Pero el sol, estando tan cercano, tan metido en la vida de todos, está lejos para la plegaria, la plática, la queja. Lejos para el máximo comercio del hombre: el diálogo, el coloquio.
Los incas – a partir del gran Pachacutec - “Viraccocha”, según unos, o del gran conquistador Tupac Yupanqui, según otros- se preocuparon profundamente de realizar la unidad de los hombres de “las cuatro partes del mundo”. Realizarla por sobre la unidad celular primordial: el ayllu.Idea fundamental empleada por los incas fue la institución de los mitimaes. Los incas que con mayor intensidad la realizaron fueron Tupac–Yupanqui y Huaina-Capac.
La esencia de esta curiosa institución era: el transplante de grupos de familias pertenecientes a un ayllu, un atún, una marca, a otra zona distinta, casi siempre muy lejana de la región originaria. Un transplante y un injerto también.
Lo hemos dicho: no era obstáculos la distancia ni la diversidad de las regiones; quizá era mas bien un incentivo determinador. Grupos collas del sur del imperio acostumbrados a los glaciares y ventiscas del lago Titicaca, eran sembrados en hatun cañari, al norte del imperio; y, nada mas lejos aun, en la tierra de los otavallus y de los caranguis.
Los mitimae- cuna llevaban al nuevo ayllu- a la tierra nueva - en que eran sembrados para no retornar nunca - su forma dialectal, sus hábitos domésticos, sus tótem, sus habilidades artísticas, maneras extranjeras de cultivar y de irrigar las tierras, de talar los bosques y de pastorear los ganados.
La providente sabiduría de los incas –en consulta con los Tucuricuc o delegados del centro en las regiones- hacia la distribución de los mitimae-cuna por toda la vasta extensión del territorio. Esta distribución obedecía casi siempre a un claro criterio de completamiento de aptitudes de los pueblos. Por eso a los pueblos guerreros, inveteradamente inclinados a la nomadez y a la herranza, se les trasplantaba – se les incrustaba, mejor dicho, en su seno- grupos sedentarios de pequeños artesanos, de campesinos pegados a la tierra. A las regiones primordialmente agrícolas, se les transplantaba grupos de parcialidades artesanas: alfareros, tejedores, labradores de la piedra, orfebres. Y, naturalmente, también al contrario.
Se asegura también que el criterio que presidía estas distribuciones era un criterio de sabiduría tiránica: se enviaba a las parcialidades rebeldes o sospechosas de poca lealtad al imperio – grupos pertenecientes a los ayllus irreductiblemente fieles, a los ayllus mas cercanos al Cuzco; muchas veces pertenecientes a Hanan o Hurin-Cuzco. Era entonces un verdadero y hábil servicio de espionaje.
Era entonces la institución de la desconfianza universal entre los hombres, que es una de las mejores bases para el reposo de las tiranías.
La unificación, por agrupación de grupos distantes y distintos, se realizaba sin duda, en una cierta medida. A pesar de las manifiestas incongruencias del sistema. Así el idioma –unificador máximo de pueblos y de hombres- se había ya generalizado, con mayor o menos intensidad, en todo el inmenso territorio del Tahuantin Suyu, desde el río Maule –en tierras vecinas de Araucania- hasta la región norteña de los pastus: el quechua –cuyo sitio de aparición inicial aun no se ha podido fijar exactamente- era comprendido y parlado en todo el territorio.
Las artes magnificas de la alfarería chimu, nazca, punae eran conocidas, y hasta realizadas, entre los quitus, los canaris, los huancas. Los tejidos de Aya-Cucho, Huanca-velica y Andahuaylas; los vasos de plata de Pachanga y Huanuco; los de oro de Zari-uma y de los Llanganates; las esculturas de granito de Machuc-Pichu y el Cuzco; los adornos de plumas de los Chacha-Puyas; toda la variedad maravillosa de artes populares, había formado una red de unificación a lo largo y a lo ancho del Tahuantin-suyu.
El contacto humano directo, la interpenetración vital de los grupos residentes y de los transplantados, fue en cambio, muy difícil y lenta. Parece que se hizo, entre todos los ayllus del imperio una superstición irreducible, un tabú, la idea de que los grupos intrusos eran espías, mas que del Inca, de los casi siempre temidos Tucuricuc, delegados del Cuzco….
Los mitimaes, por los mismo, sufrían torturadamente la pena del desarraigamiento. Tenia para ellos todo el dolor del destierro a la perpetuidad.
Por su constitución profundamente celular ayllal, pocos pueblos de mayor arraigo sentimental –quizás nos atreveríamos a llamar vegetal- a la tierra, la mama-pacha, la madre tierra. Hombre de pueblo endógamo, totémico, el tahuantisuyano amoroso de su horizonte, de su agua, de su sol, como ninguno, para el, abandonar la llacta, la chacra familiar, era mas dañoso que el transplante a tierra y aires nuevos para un árbol ya adulto. Por eso el mitimae fue siempre triste. Y esa institución, a primera vista unificadora y benéfica, fue una sembradora de nostalgia en todo el inmenso territorio incaico.
La unidad nacional, en el sentido centralista y vertebrado de occidente – del occidente post romano- no se llegó a realizar jamás en el incario. En este aspecto, razón máxima de su institución, fracaso el mitimae. Pero los hilos grandes de la vida institucional estaban en manos del Inca, quien los movía por sobre la congregación de ayllus más sin tocar la prerrogativas interiores –legendarias- de estos. La vibración del pensamiento central iba en orden jerárquico descendente desde el inca hasta los chunca-camáyoc, o jefes de 10 familias, pasando por complicados y extensos mecanismos de administración y de comunicación. El consejo de los apu-cuna era la suprema institución consultiva para la solución de los negocios del Tahuantin-suyu. Esta compuesto con cuatro Incas orejones –como les llamaron después los españoles en razón del alargamiento exagerado de sus orejas, producido por los grandes zarcillos, signo de su elevada jerarquía –pertenecientes casi siempre al ayllu-capac, o por lo menos a los más ilustres ayllus de hurin y de hanan Cuzco- de endogamia más estricta –que habían desempeñado por largo tiempo el cargo de delegado imperial- Tucuricuc- en una de las cuatro regiones geográficas en que estaba dividido el territorio.
Cada uno de los cuatro representaba la sabiduría y la experiencia de las cuatro partes del mundo: Colla-suyu, Cunti-suyu, Anti-suyu, Chincha-suyu. Eran varones sabios y experimentados, casi siempre ancianos que habían ilustrado su vida con servicios eminentes al Inca y o al imperio. Sus funciones eran, en cierto modo, legislativas y asesoras. Era también el supremo tribunal judicial. Su función política más importante era decidir, de acuerdo con los más altos sinches o generales del ejército, los gravísimos problemas dinásticos de sucesión imperial que se presentaron con suma frecuencia en la historia incásica.
La primera división de la autoridad central era constituida por los Tucuricuc, especie de altos comisarios, virreyes o delegados del Inca en cada una de las “cuatro partes del mundo”. Su misión, antes que de gobierno, era de supervigilancia y coordinación, de unificación de costumbres, de reparto y nuevo acomodo de tierra, de difusión educacional –de docencia general- y de tesorería.
Tucuricuc quiere decir: el que ve, el veedor imperial. En sus viajes por el suyu, era siempre acompañado por amautas –sabios astrónomos, interpretes de mensajes solares y de augurios divinos, recogedores del pensamiento y del querer de los pueblos, amigos y consejeros de los hombres-; por quipu-camáyoc, oficiales de estadística y empadronamiento que, por medio de sus cuerdas anudadas - o quipus - recogían datos demográficos y geo-económicos, a la vez que registraban sucesos históricos para los anales del imperio.
Los Tucuricuc eran los funcionarios encargados de hacer la distribución de los grupos de mitimaes en las distintas regiones del respectivo suyu. Y eran ellos también los que cada año, en consulta con los quipu-camáyoc, dirigían la redistribución de las tierras en los hatun o marcas, de acuerdo con la estadística y la observación de nuevas necesidades, originadas por fallecimientos y por entradas en mayoría de edad.
Con los Tucuricuc viajaban también los agentes de tesorería, encargados de recoger las partes correspondientes al inca –o sea al presupuesto general-, y al Sol, o sea al culto religioso de las divinales grandes o generales del imperio, son tocar a los cultos totémicos ayllales.
Al paso del tucuricuc por cada llacta, hatun o marca los jefes domésticos o interiores, los sacerdotes, todo el pueblo, salían a recibirlo; le exponían sus necesidades, sus quejas, sus anhelos. Se hacían consultas a los Amautas, se preguntaban fechas y recuerdos a los quipu-camáyoc. Por parte de los visitantes se administraba justicia. Se interpretaba augurios. Se daba consejos sobre agricultura, alfarería, tejidos. Y mediante el esfuerzo entusiasta de todos, en una minga general de la parcialidad y a veces de las parcialidades aledañas –fiesta de alegría y de fervor que se ahogaba por la noche en chicha y en lujuria- se realizaba integra o se comenzaba una buena parte por lo menos la obra regional más importante, la que todos, a gritos, pedían como indispensable: un puente, un canal de irrigación, la apertura o reparación de una vía, la construcción de un templo, de un tampu – albergue para el viajero - o de una cancha.
Sorprendente institución la de estas grandes misiones administrativas, a la vez culturales y constructoras, de gobierno y consejo, de inspección, de unificación y de docencia. El paso del Tucuricuc y de su séquito por una llacta, era un acontecimiento inolvidable por su real eficacia.
La jerarquía de funciones –con miras hacia el gobierno central y dependiendo de el- continuaba hacia las divisiones de familias, hechas siempre con un criterio decimal; así, los hunu-curacac eran jefes de diez mil familias, los huaranga-camáyoc, los pachaca-camáyoc y los chunca-camáyoc eran jefes de mil, cien y diez familias respectivamente.
La jerarquía religiosa tenía en su escala máxima al villac-umu, el pontífice máximo o sumo sacerdote. Siempre perteneciente al ayllu-capac, o sea a la familia imperial. Sus atribuciones habían disminuido conforme el Inca había centralizado en si los ritos y las relaciones con su padre el Sol. Seguían los Hullca-cuna y los Umu-cuna, Sacerdotes administradores del culto en los suyus y en las parcialidades.
Dentro y fuera también de lo estrictamente religioso, estaban los Amautas - intérpretes del hombre, del pueblo, ante el Inca - el Tucuricuc y las demás autoridades. Su prestigio se hacia, dentro de la marca o hatun, a base de sabiduría y bondad. Y una vez hecho, era profundamente respetado por todos, desde el Inca hasta los Yanacunas. En lo político y social, el Amauta tenia el poder de imploración ante el Inca y de consejo siempre escuchado ante el pueblo que confiaba en él y lo quería. En lo religioso, tenía la facultad de interpretar los signos del Sol y de explicar los augurios.
Según las características de la región, la formación interna familiar tenia variaciones sensibles. La posición del varón y de la hembra frente al trabajo, a la economía, a la vida general, no era la misma en todas las regiones del Tahuantin-suyu, Puede, si, señalarse ciertas formas generalizadas que comprendían la conducta integral del incario.
El matrimonio -colaboración vital, procreación—era obligatorio; monogámico en la clase inferior de simples runas-cunas y con muy poco, casi ningún margen para la elección, pues era endogámico, no para el ayllu familiar o domestico, sino para la comunidad: marca, hatun, llacta. La poligamia era un privilegio de las clases superiores, con asignación precisas del número de mujeres que podía tener cada curacac, sinche, apu o Cápac. La primera mujer que tomaba estos privilegios, se llamaba Mamanchu en ciertas regiones y en las más Tacya- Huarmi, o sea la esposa, la “mujer fija”; las demás eran las supais, las concubinas. Para elegir la primera, regia la costumbre de una endogamia mas o menos rigurosa. Las otras podían ser tomadas en cualquier sitio del Tahuantin- suyu. El inca no tenia limite legal para escoger las mujeres. Pero la primera, perteneciente casi siempre a un ayllu de Hurin o de Hanan- Cuzco se llamaba Coya, reina, emperatriz; las demás eran Pallas, princesas, cuando pertenecían a los ayllus cuzqueños, o simplemente Mamma- cunas cuando eran de cualquier región.
Sin ser de un primitivismo bárbaro –pues se le rodeaba de ritos, de leyes y de símbolos- la vida sexual en el incarios no estaba enferma de los prejuicios gazmoniosos e inhumanos del occidente envenenado de Edad Media, de feudalismo y falsa religiosidad. El amor, la unión generadora y conservadora de la especie, no era un acto vergonzoso que es preciso esconder en alcobas hipócritas o en alcobas viciosas. Se lo realizaba al aire libre, en la fiesta del sol, en la de la siembra y la cosecha.
Se tenía, es verdad, respeto máximo, supersticioso, por el sacrificio de la mujer en la virginidad, que se estimaba un privilegio. Eran escogidas entre las más hermosas doncellas de los ayllus cuzqueños, que no fueran bastardas, porque con ellas había de tener hijos el Sol. “Habían de ser vírgenes –dice Gacilaso- y para seguridad de que lo eran las escogían de ocho años mas abajo”. En este plano, la heliolatría del incario participaba del mismo sentido sexual de la mayor parte de las religiones conocidas. El dios es el esposo máximo. La virilidad suprema. El varón absoluto. La mejor ofrenda que puede hacérsele, es consagrarle la feminidad virginal de las mejores hembras. Como verdad o como símbolo. Casi siempre –en los monoteísmos con respaldo metafísico- solamente como símbolos. Los incas tenían guardadas y respetadas con veneración máxima, a las Vírgenes del Sol.
En muchas regiones del Tahuantin- suyu – lo cuentan cronistas de la conquista- se practicaba la homosexualidad, en forma natural, sin escándalo. Sobre todo en la región del Chincha- suyu o Yunga- pacha: la zona vitola, de trópico absoluto. Leemos en Cieza de León: “Pues como estos fuesen malos y viciosos, no embargante que entre ellos habían mujeres muchas, y algunas hermosas, los mas de ellos usaban publica y descubiertamente el pecado nefando de la sodomía; en lo cual dice que se gloriaban demasiadamente”.
Sin duda alguna existía –dentro de lo sexual- cierta clase de preocupaciones semejantes al honor occidental y a los celos. Por lo general el entregamiento de las mujeres indias a los hombres barbudos, a los viracochas providenciales que vinieron del mar, no fue jamás muy regateado. “Las mujeres son algunas hermosas y no poco ardientes en lujuria, amigas de españoles”, afirma el mismo Cieza hablando de las canaris. Pero también es verdad que, en ciertos momentos, las mujeres indias defendían heroicamente su cuerpo contra la salacidad cabria de los conquistadores. Existió el caso de una Lucrecia indígena. “Kori- Okllo- es la india bravía, hosca, reacia, como el despoblado de las punas cordilleranas, que no admite ninguna simiente extraña; la india que mantiene su alma virgen de pecado con otro que no es de su raza, la tierra americana que queda como una reserva para otra conquista y para otra tragedia. Kori- Okllo es aquella india que se unto el cuerpo con estiércol, y lodo y se dejo matar con saetas atrincada a un árbol, antes que entregarse a la pasión sensual del invasor y concebir maternalmente la otra América –como lo hicieron Chimpu- Okllo, Beatriz Coya, Angelina Guailas Nusta, etc.-, en defensa infecunda de la tradición autóctona. Es la india que conserva su pureza cuaternaria, esa pureza que a su contacto todo retorna a lo primitivo, a lo milenario. De ese modo, la mujer india fue de espíritu bravío que defendió la dignidad más que el hombre. Porque aun cuando aceptase serenamente al marido español, después de todo, ella no se entregaba con el alma y con su amor, y al concebir al hijo le imponía al punto la pasión lugareña, mas el sentimiento de la patria nativa, la emoción de la tierra, la ternura por las punas; en una palabra, el papel de la india fue el de ligar a la colonia no precisamente al pasado ni a la historia, sino al territorio y al hogar.”.
El arte. Acaso no existe hito mejor para estructurar –desde el plano ansioso de lógica de la historia- las inextricables trayectorias de una civilización, en sus etapas pre y protohistorias. El arte, o sea la conducta superior y durable de los hombres en todos los momentos del devenir vital.
Desconfió de la arqueología – en definitiva disciplina histórica, humana y por los mismo con un amplísimo margen para la interpretación- desconfió de la arqueología cuando sus datos son mediocrizados por las academias y los académicos; desconfió de la arqueología cuando se inferioriza en manos de domines pontificantes y magisteriales; desconfió de la arqueología cuando quiere asesinar lo maravilloso y legendario, armada de seudo-certidumbres almidonadas de evidencia, e interpretadas o aplicadas al servicio de criterios históricos estrechos y parciales. Pero la arqueología que hurga la tierra y balbucea en las edades muertas, en busca de la huella artística del pasar del hombre y que con este dato reconstruya posibilidades y verosimilitudes….. la arqueología que exalta l hombre –al hombre de todas las latitudes y todas las edades- con el descubrimiento de las pirámides de Teotihuacan y Tenayucan, es reconstructora, re-creadora, humana. La arqueología nos ha entregado, para que interpretemos ciclos pre- históricos de la intimidad, las ruinas de Tiahuanaco, las fortalezas y palacios del Cuzco, Macchupichu, Tumipamba. No es mucho todavía si lo comparamos a lo que se ha descubierto en tierras mixteco-zapotecas, mayas, nahuas, totonacas… pero es algo para insinuar posibilidades de trayectoria humana, para intentar interpretaciones cronográficas y antropocrónicas.
Tiahuanaco. Trabajo de la piedra con sentido arquitectónico y escultorico a la vez: el templo, el palacio, la casa, decorados, reveladores del espíritu ornamental.
Macchupicchu. El castillo, el arrimo del hombre a la montaña. La estilización –acaso mejor la acomodación de roca cimera a la vida del hombre… Cuzco. Sacsahuaman. Ollantay- Tampu. Comunidad, multitud, masa. Una piedra gigantesca, para un uso de colectividad: templo, fortaleza, ágora. No hay el refinamiento individualista, consecuencia de la desigualdad económica y social. Tampoco hay el fanatismo delirante de momentos religiosos de angustia – edad media y sus gótico con las manos puestas-; de momentos religiosos calidos, voluptuosos, decadentes – el bizantino y sus cúpulas policromadas de mosaicos-; de momentos religiosos retorcidos y lúbricos- el barroco con sus oros, sus angelotes y sus racimos de uva.
Cuzco. Sacsahuaman. Ollantay- Tampu. Piedras grandes para el uso común. Megalitos que solo la fuerza combinada de intereses y voluntad unánimes podía movilizar de un sitio a otro y aun empinar las montañas.
Tumipamba. Yngapirca. Color, oro nácares…. Habla Cieza de León: “El templo del Sol era hecho de piedras muy sutilmente labradas, y algunas destas piedras era muy grandes, unas negras toscas, y otras parecían de jaspe. Algunos indios quisieron decir que la mayor parte de las piedras con que estaban hechos estos aposentos y templos del Sol las habían traído de la gran ciudad del Cuzco por mando del rey Huaynacapa y del gran Topainga, su padre, con crecidas maromas, que no es pequeña admiración, por la grandeza y muy gran numero de piedras y la gran longura del camino. Las portadas de muchos aposentos estaban galanas y muy pintadas, y en ellas asentadas algunas piedras preciosas y esmeraldas, y en lo de dentro estaban las paredes del templo del Sol y los palacios de lo reyes ingas, chapados de finísimo oro y entalladas muchas figuras; lo cual estaba hecho de todo lo mas desde metal y muy fino”. Carangui, Otavalo, Quitu, Yavirac. Fortalezas. Defensa contra el frió; sentido totémico, tristeza de las montañas blancas y de los valles ateridos, piedras grandes como el Cuzco.
Los Yungas –Chincha- suyu, litoral y ardiente- calcinan el barro y lo atormentan en el retorcimiento de una fantasía febril. Los yungas se ocupan poco de la arquitectura, ya sea vivienda, templo o palacio. Tienen la lección de la palmera en el litoral del norte, para saber que es bueno el viento y la cabeza en alto para vencer a la sabandija y al mosquito, a la humedad y a la fiera. En el litoral del sur, de Piura a Tacna, tienen el desden de la techumbre protectora de la lluvia, y poco les importa en su ambiente reseco que reclama brisas y no conoce la lluvia, la limitación del aposento. Los yungas no tienen arquitectura.
Tienen en cambio, como ningún pueblo precolombino, la cerámica. Arte sedente; junto a riachuelos refrescantes, bajo la sombra – tan rara de encontrar—de un árbol, los punaes, los huancavilcas, los nazca, los chimus, expresaban su espíritu y su sed en vasijas de un arte tan vario – de lo más simple a lo más extraordinariamente complicado- en el que hacen palpitar sus anhelos religiosos, sus conceptos morales, sus intenciones sexuales.
Tienen también el silex pulimentado, que es utensilio y joya; la plata y el oro para la reproducción de los tótems familiares; para los vasos en que han de beber la chicha los incas y los apus. El oro para ataviar palacios y templos, para representar al mismo Sol.
A lo largo de la gran sierra que florece en nevados y volcanes su gran lomo abrupto están, de sur a norte y hacia oriente: Colla- suyu, Cunti- suyu, Anti- suyu. Altura escarpada con valles, con laderas. A lo largo del mar, donde se acaba el mundo, entre el agua salada y las alturas, esta una gran faja calida: Chincha- suyu. Es la tierra yunga.
El Incario, propiamente tal, fue una civilización de altura. En las regiones Colla, Cunti y Anti, prendió mejor la semilla de Manco - Cápac y de Mamma- Ocllo. Allí estaba - ¿desde Tiahuanaco, desde antes de Tiahuanaco?- enraizado profundamente el ayllu, el protoplasma hordico de la gran comunidad incásica.
El sol –nexo congregador fundamental del incario- tiene mayor valencia vital en las alturas. El sol –el intip maravilloso y esencial- es calor en la sierra. Es luz disipadora de brumas. Gran alegrador de la naturaleza. Todo. Y sobre todo, en las alturas frías es calor. La heliolatría, sustancia vital del incario, es religión de altura.
En arte –lo acabamos de ver- es la arquitectura, como casa, como palacio, y como oratorio, el arte de las tierras altas. Y en lo social, la comunidad del ayllu, de la llacta, el amor de la mamma-paccha, madre tierra, son un mandato, un imperativo implacable de las tierras fría, triste, inmensa, que obliga a los animales a congregarse en rebaños – ovejas, llamas- y a los hombres a la reunión en pequeño y en grande.
En las tierras altas no se encuentra la fruta al alcance del diente, ni el pescado cerca de la mano, ni el albergue a la sombra de un árbol cualquiera, como en la tierra baja. Hay que plantar, arañando la tierra para volverla fértil; y ese plantío tienen que hacerlo muchos. Y muchos tienen también que unirse para labrar la piedra y levantar la casa; muchos para abrir el camino que los comunique; muchos para cosechar las mies que el sol – dios visible de todos- ha hecho madurar. La llacta, el pequeño poblado, es como un arrrebujamiento - u estrechamiento de muchos. Al pie de la montaña nevada o en medio del valle desolado, para entre comunicarse calor.
El andar de los hombres de la altura fueteados por el viento glacial, es rápido, saltante. Los hombres de la altura necesitan la chicha para aprovecharle al alcohol su poder tonificante y abrigador; necesitan de la coca –sobre todo en Colla- suyu y Conti- suyu- para engañar la monotonía del tiempo, ampliando sus categorías hasta la perennidad.
Para el hombre de la tierra baja, en el trópico, el sol no es, como en la altura fría y translucida, el amigo mejor de la vida, del reposo, de la felicidad. El sol, en el trópico hiérelas carnes, las flagela sin misericordia…... Se ama las madrugadas frescas antes de la llegada del enemigo. En la madrugada se siembra el arroz, se cosecha l cacao. En la madrugada se teje el prodigio del sombrero de paja toquilla, en el trópico ardoroso de Jipijapa….. El hombre y la naturaleza se distienden, se desperezan de la fatiga, de la gravidez imposible de las horas solares. Pero lo que mas se aman son las noches Las iluminan constelaciones de los dos hemisferios. La luna. Millones de cucuyos. Es en la noche el canto y el amor en el litoral del trópico. Y es que nunca son más bellos que en la noche los dioses máximos de la tierra baja caliente: el mar y el río.
El mar es impulso de esperanza. Es perspectiva y es viaje. El mar es el camino mayor de los hombres. Los ríos son caminos que concluyen en el. Los ríos arriban y fertilizan la tierra. Pintan de verde sus márgenes en medio del desierto quemante y desolado. Los ríos engendran al valle frutal en las zonas resecas. Y drenan y hacen habitables y humanas las zonas pantanosas y mortíferas. El mar es para el cuerpo desnudo que quiere defenderse de los ataques asesinos del sol, baño constante y fresco, reposo. El río, con sus recodos de misterio, con sus remansos, es plantel de leyendas y de mitos. El mar, franco y abierto, por el que unos se van y vuelven con sus cuentos lejanos, y otros se van y no vuelven jamás, es también plantel de leyendas y de mitos.
La heliolatría incásica, el culto al sol de los hombres de las alturas, no llego, o llego muy debilitante al Chincha- suyu, a la Yunga- pacha incendiada... Los hombres de la tierra baja, espíritus de ensueños, favorecidos por la noche para la meditación fantaseadora y para la metafísica sintieron una vaga necesidad teísta, y para calmarla, tuvieron a Paccha- Camac, espíritu supremo, superior y anterior al sol y al mar. Y tuvieron a Viracocha Pachaya-Chachic, creador de la tierra y de los hombres. Viracocha quiere decir “mar de aceite”. Mar. Y por su fe en el mar, los hombres blancos y barbudos que arrojara el mar en Tumbez –y antes en Atacamez y en Puna- fueron bien recibidos por los hombres de las tierras bajas.
El incario con su fuerza civilizadora y expansiva, creo el sentido del camino de la ruta, en el Tahuantin-suyu, que hasta entonces fue simple vecindad geográfica de pueblos que se ignoraban totalmente los unos a los otros.
Los incas –que no conocieron la rueda- ala máxima de civilización occidental, que pugna por llegar pronto, sin saber a donde-, los incas, que no conocieron la rueda, unieron el gran imperio, en toda su longitud formidable, de sur a norte con dos caminos admirables que corrían, unos por las escarpaduras y los valles andinos, y otros por la inmensa planicie litoral, de vegetación exuberante hacia el norte, de aridez reseca y calcinada hacia el sur.
Dice Agustín de Zárate: “….hicieron un camino por toda la cordillera de la sierra, muy ancho y llano, rompiendo e igualando las peñas donde era menester, e igualando y subiendo las quebradas de mampostería; tanto, que algunas veces subían la labor desde quince y veinte estados de hondo; y así dura este camino por espacio de las quinientas leguas. Y dicen que era tan llano cuando se acabó, que podía ir una carrera por el, aunque después acá, con las guerras de los indios y de los cristianos, en muchas partes se han quebrado las mamposterías destos pasos por detener a los que vienen por ellos, que no puedan pasar. Y vera la dificultad desta obra quien considerare el trabajo y costa que se ha empleado en España en allanar dos leguas de sierra que hay entre el esquinar de Segovia y Guadarrama, y como nunca se ha acabado perfectamente, con ser paso ordinario, por donde tan continuamente los reyes de Castilla pasan con sus casas y corte todas las veces que van o vienen de Andalucía o del reino de Toledo a esta parte de los puertos. Y no contentos con haber hecho tan insigne obra, cuando otra vez el mismo Guaynacaba quiso volver a visitar la provincia de Quito, a que era muy aficionado por haberla el conquistado, torno por los llanos, y los indios le hicieron en ellos otro camino de casi tanta dificultad como el de la sierra, porque en todos los valles donde alcanza la frescura de los ríos y arboladas, que, como arriba esta dicho, comúnmente ocupaban una legua, hicieron un camino que casi tiene cuarenta pies de ancho, con muy gruesas tapias del un cabo y del otro, y cuatro o cinco tapias en alto, y saliendo de los valles, continuaban el mismo camino por los arenales, hincando palos y estacas por cordel, para que no se pudiese perder el camino ni torcer a uno ni a otro lado; el cual dura las mismas quinientas leguas que el de la sierra; y auque los palos de los arenales están rompimos en muchas partes, porque los españoles en tiempo de guerra y de paz hacían lumbre con ellos, pero las paredes de los valles se están el día de hoy en las mas partes enteras, por donde se puede juzgar la grandeza del edificio; y así, fue por el uno y vino por el otro Guaynacaba, teniéndosele siempre por donde había de pasar, cubierto y sembrado con ramos y flores de muy suave olor”.
Para reposo de las largas jornadas, para defensa contra el calor en el camino de los llanos, y del frío en el camino de la altura, se habían construido, a distancias regulares de una jornada de andar, edificios de grande amplitud llamados tampus o tambos. Continuemos oyendo lo que nos dice Zárate: “De mas de la obra y gasto destos caminos, mando Guaynacaba que en el de la sierra, de jornada a jornada, se hicieran unos palacios de muy grandes anchuras y aposentos, donde pudiese caber su persona y casa, con todo su ejercito, y en el de los llanos otros semejantes, aunque no se podían hacer tan menudos y espesos como los de la sierra, sino a la orilla de los ríos, que, como tenemos dicho, están apartados ocho o diez leguas, y en parte quince o veinte. Estos aposentos se llaman tambos, donde los indios en cuya jurisdicción caían, tenían hecha provisión y deposito de todas las cosas que en el había menester para proveimiento de su ejercito, no solamente de mantenimiento, mas aun de armas, vestidos y todas las otras cosas necesarias; tanto, que si en cada uno de estos tambos quería renovar de armas o vestidos a veinte o treinta mil hombres en su campo, lo podía hacer sin salir de casa”.
El inca –en sus largas visitas paternales-, el Tucuricuc, los yanacunas y los mitimaes, llevaban a todos los sitios del territorio tahuantisuyano todas las voces humanas, a lo largo de esos grandes caminos. El caminar a pie por ellos, lento de ritmo y más lento aun por los descansos profundos y comunicativos en los tambos acogedores y amplios; fue acaso la fuerza mayor de unificación nacional que emplearon los incas. Porque el que camina a pie –como en los grandes apostolados esenciales: Moisés, Confucio, el Buda, Cristo- se identifica a la tierra, al aire y al paisaje: por todos los sentidos es penetrado por la tierra que atraviesa. Y su contacto con los hombres que encuentra, limpio de mecanismos y de complicación, es el contacto profundo del coloquio, el contacto supremo de la interrogación y la respuesta.
Cultura sin rueda, sin arado: el incario fue edificador de una prosperidad material incontestatable: agricultura eficaz; red de caminos unificadores y civilizadores; arquitectura sólida, sin recargo ornamental, pero imponente, grande; artesanía maravillosa para tratar –en lo útil y en la paramental- el silex, el oro, la plata, el barro, las plumas, la lana y la madera.
No tuvo el incario altas manifestaciones del espíritu para el mensaje y la palabra: Israel sin Pentateuco ni Salmos; India sin Mahabarata, Grecia sin Homero y sin Esquilo; Anahuac sin Netzahualcoyotl… pero el espíritu indígena se expreso -además de en las Artes - en la estética de la conducta humana, trasunto de su ética vital. Ética no igualada hasta entonces en la historia del hombre, porque como ninguna, era parte de una superestructura jurídica construida sobre el basamento de justicia e igualdad social, relativamente mas perfecto de los hasta entonces conocidos y practicados.
Pero un resquicio de imperfección perdió el incario: la anulación de la célula humana sin un inmediato beneficio social. Me estoy refiriendo a la absoluta influencia teocratica de los últimos momentos incásicos, en los que el hombre –ya solo, ya en la comunidad de ayllu o marca- dio demasiada participación determinante a la divinidad en la producción de los helechos de la naturaleza.
Así el mito de Viracocha Pachaya-Chachic –divinidad irracional y milagrosa –suscitó las grandes guerras civiles del Tahuantin-suyu: la de los chancas, en pleno imperialismo expansivo y triunfante, y la de Huascar contra Atahuallpa, epilogo de la historia incásica. El teocratismo introdujo en la vida aborigen dos elementos de inoperancia y derrotismo: la resignación y la inactiva esperanza. Los dos igualmente nocivos para el individuo y la masa. Los dos destructores de la personalidad humana y de la personalidad social. Los indígenas –solos o en la comunidad del ayllu- sintieron la fuerza de lo providencial en el inca o el sol y renunciaron a actuar. Se anestesio en ellos el espíritu de rebeldía y las perspectivas dinamizadoras de la superación.
Por eso, el momento en que se produjo la bicefalia política –Atahuallpa y Huascar-, se hizo el desconcierto teocrático: Viracocha sirvió para que la ambición de los jefes dividiera el incario.